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| De qué callada manera |
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El silencio de la ONA y de Carolina Lizárraga.
Más de un mes después de la creación de la Oficina Nacional Anticorrupción (ONA), y de la designación de Carolina Lizárraga en su jefatura, son pocas las noticias sobre esta iniciativa gubernamental.
En este sentido, más allá de las declaraciones protocolares que se hicieron en ese momento, lo único que se ha conocido ocurrió luego de la reunión de dos horas que Lizárraga tuvo la semana pasada con el Contralor general de la República.
Ha trascendido que Lizárraga presentará al equipo que la acompañará a inicios del próximo mes, y que a fines de este año anunciará los objetivos de la ONA y su reglamento institucional, el cual sería compatible y cooperativo con las funciones que ahora tienen entidades como la Contraloría, el Ministerio Público, el Poder Judicial y la Policía. El riesgo de que la ONA interfiera con ellas fue, precisamente, la principal crítica que se planteó cuando fue creada.
Ese será el momento de la prueba de fuego de Lizárraga para determinar si la ONA no fue otra cortina de humo en un contexto en que el gobierno estaba acechado por la proliferación de denuncias debido al mal manejo de las licitaciones para la compra de vehículos, entre otros rubros.
O si, en efecto, la ONA sí fue una cortina de humo, al igual que varios otros anuncios presidenciales que parecen más bien orientados a generar un debate improductivo que no conduce a nada más allá de desviar la atención de las deficiencias del gobierno en varias áreas del quehacer nacional.
Quizá el silencio de la ONA no sea una mala noticia, pues si todavía no hay nada relevante por decir, mejor no hacerlo hasta que ello sea posible, pues no hay nada peor que alimentar expectativas exageradas, un error que este gobierno está cometiendo con frecuencia.
Está, por ejemplo, el caso del 'Pacto Social', que el presidente anunció con toda la pompa del caso durante su mensaje a la nación de julio pasado, y que luego fue defendido con ardor por los principales dirigentes apristas, para después morir sin pena y, por supuesto, ninguna gloria. Ojalá que la ONA no tenga la misma suerte.
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